
El Asesino de la Red Social
«Donde la venganza arde, el deseo también hierve.»
Capítulo V
El Asesino de la Red Social
Capítulo V…
Le sudaban las manos y tenía la respiración entrecortada. Había tenido que huir de allí antes de completar su obra. Aquella maldita mujer le había interrumpido y había tenido que salir corriendo antes de que lo viese y sospechase algo.
Se miró las manos y fue al cuarto de baño a lavárselas asqueado. Siempre le pasaba lo mismo tras hacer aquello, sentía las manos sucias, veía sangre por todos lados a pesar de que ya no usaba aquel tipo de métodos en los que acababa todo perdido y no porque no le gustase, de hecho lo echaba de menos. Le resultaba de lo más placentero sentir la sangre de sus víctimas corriendo por sus manos, aún caliente, aún llena de vida.
Lo había pasado muy bien con la última, había estado tentado a hacer una excepción con ella, pero cuando exhaló aquel gemido final no pudo resistirse. Era algo que estaba dentro de él y que no podía remediar, disfrutaba torturando, asesinando… Era su droga. En más de una ocasión se había planteado el dejarlo, sobre todo cuando aquel maldito policía estuvo a punto de pillarle. Por eso había dejado de degollar y dibujar todo tipo de formas con su navaja en los cuerpos de sus víctimas. Aquello dejaba demasiadas huellas, demasiadas pistas. Ahora no era tan divertido, pero seguía siendo igual de excitante. Cada vez que cometía alguno de estos actos sentía la adrenalina corriendo por todo su cuerpo haciéndole sentir bien, haciéndole sentir vivo.
Algo de la televisión llamó su atención. Había tenido la caja tonta puesta durante todo el día a ver si decían algo sobre él. ¿Habrían encontrado ya a la chica? ¿La habrían descubierto viva o muerta? Aquella incógnita le estaba volviendo loco. Se dio un golpe en la cabeza con la mano. Había sido un idiota. Debía haberla estrangulado antes de meterla en aquel ataúd, pero él quería escuchar sus gritos, alimentarse de su sufrimiento, de su miedo. Recordó aquellos momentos, tumbado sobre aquella fría caja escuchando los alaridos y los golpes de aquella mujer. Todo era perfecto hasta que oyó un ruido y tuvo que salir corriendo de allí sin poder cerciorarse de si la mujer había muerto o no.
«Se ha encontrado el cadáver la periodista Olga Robles García ayer por la tarde en el cementerio de…». Al escuchar aquellas palabras sintió que la presión que había notado en la cabeza durante todo ese tiempo se aliviaba. Por fortuna aquella zorra había muerto antes de que la hubiesen encontrado. Sonrió orgulloso de sí mismo. Nunca le cazarían.
Al ver las imágenes de la periodista que había asesinado volvieron a su memoria los últimos momentos que había pasado con ella. Se había divertido tanto. Había sido la primera que no le había mirado con cara rara, ni había puesto pegas a sus condiciones a la hora de tener relaciones. Recordó su cuerpo estremeciéndose bajo el suyo con cada embestida, había disfrutado tanto que casi le había estado tentado de haberla dejado libre para poder seguir gozando de ella cada vez que quisiera. Pero aquello no funcionaba así, él no dejaba testigos, aquello era un error que no volvería a cometer.
Se sentó frente al televisor tomando en una mano una cerveza y en otra su miembro erecto que comenzó a mover rítmicamente mientras no quitaba ojo a la televisión donde su última víctima sonreía en una imagen congelada.
Este libro es del autor Alison R Lee.
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