
Una corte de Rosas y Espinas
Una corte de rosas y espinas I
«El amor puede ser la más peligrosa de las maldiciones.»
Capítulo XXVIII
Una corte de Rosas y Espinas
Una corte de rosas y espinas I
Capítulo XXVIII…
No hay mucho que decir sobre los preparativos para el viaje y las despedidas. Me sorprendí cuando Alis me vistió con una ropa muy distinta de las que elegía siempre…, algo lleno de volantes y apretado e incómodo en los peores lugares. Una moda entre los ricos mortales, sin duda. El vestido estaba hecho con capas de seda de color rosa pálido y adornado con puntillas blancas y azules. Me puso un abrigo corto, ligero, de lino blanco, y encima de la cabeza un absurdo sombrerito de color marfil, sin duda solo un adorno. Pensé que hasta me daría una sombrilla que hiciera juego.
Se lo dije a Alis y ella chasqueó la lengua.
—¿Cómo es que no hay llanto en la despedida?
Yo tironeé de los guantes, inútiles y endebles.
—No me gustan las despedidas. Si pudiera, me iría por la puerta sin decir nada.
Alis me miró profundamente.
—A mí tampoco me gustan las despedidas.
Me dirigí hacia la puerta, y a pesar de mí misma, dije:
—Espero que puedas estar con tus sobrinos muy pronto.
—Haced todo lo que podías con vuestra libertad —fue lo único que dijo ella. Cuando bajé encontré a Lucien, que se burló de mi vestimenta en cuanto me vio.
—Esa ropa es suficiente para convencerme de que jamás quiero ir al reino humano.
—No estoy segura de que el reino humano supiera qué hacer contigo —repliqué yo.
La sonrisa de Lucien era nerviosa, sus hombros estaban tensos cuando miró detrás de mí, donde esperaba Tamlin junto a un carruaje dorado. Cuando este se dio la vuelta, él entrecerró el ojo metálico.
—Creí que eras más inteligente.
—Adiós a ti también —dije. No era algo que yo hubiese elegido, no era mi culpa que me hubieran ocultado la parte más importante del conflicto. Aunque no habría podido hacer nada contra la plaga, o contra las criaturas invasoras, o contra Amarantha…, fuera quien fuese ella.
Lucien negó con la cabeza y su cicatriz se hizo más visible bajo el sol brillante. Se acercó caminando hacia Tamlin, a pesar del gruñido de advertencia del alto lord.
—¿Ni siquiera vas a darle unos días más? ¿Unos pocos… antes de mandarla de vuelta a ese basurero humano? —exigió saber.
—Esto o está en discusión —ladró Tamlin, señalando hacia la casa—. Te veré en el almuerzo.
Lucien lo miró un momento con los ojos muy abiertos, escupió en el suelo y volvió a subir la escalera furioso. Tamlin dejó que se fuera.
Si hubiera pensado un poco más en las palabras de Lucien tal vez le habría gritado algo, pero… el pecho se me vació cuando estuve frente a Tamlin junto al carruaje dorado, las manos cubiertas de sudor bajo los guantes.
—Recuerda lo que te dije —manifestó con preocupación. Asentí con la cabeza. Estaba demasiado ocupada memorizando las líneas de su cara para contestarle. ¿Se refería a lo que yo creía que él me había dicho esa noche…, que me amaba? Me moví sin cambiar de lugar; los pies ya me dolían en los zapatitos de charol blanco que me había impuesto Alis—. El reino mortal sigue siendo seguro… para ti, para tu familia. —Asentí nuevamente, preguntándome si estaba intentando persuadirme de que abandonara nuestro territorio, de que navegara hacia el sur, pero era consciente de que me negaría a estar tan lejos del muro, tan lejos de él. Que volver con mi familia era la mayor distancia que estaba dispuesta a permitir entre los dos.
—Mis cuadros… son tuyos —dije, porque no se me ocurría nada mejor que expresara mis sentimientos, que explicara lo mucho que me dolía que me estuviera enviando lejos y el terror que me causaba el carruaje que se elevaba junto a mí como un monstruo.
Me levantó el mentón con un dedo.
—Vamos a volver a vernos. —Me besó y se apartó con rapidez. Tragué saliva, luchando contra el escozor que sentía en los ojos—. Te amo, Feyre.
Giré en redondo antes de que se me nublara la vista, pero él estaba ahí para ayudarme a subir al opulento carruaje. Miró cómo me sentaba a través de la puerta abierta; su cara era una máscara de calma.
—¿Lista?
No, no, yo no estaba lista, no después de la noche anterior, no después de todos esos meses. Pero asentí. Si Rhysand volvía, si esa Amarantha era una amenaza tan grande, si yo era tan solo alguien más a quien Tamlin tuviera que defender…, tenía que irme.
Cerró la puerta, me encerró dentro con un clic que resonó en todo mi cuerpo. Se inclinó sobre la ventana abierta para acariciarme la mejilla, y yo habría jurado que sentí cómo se me quebraba el corazón. El cochero hizo restallar el látigo.
Los dedos de Tamlin me rozaron la boca. El carruaje dio un salto cuando los seis caballos blancos empezaron a andar. Me mordí el labio para evitar que temblara.
Tamlin me sonrió una última vez.
—Te amo —dijo, y dio un paso atrás.
Yo debería haberlo dicho, debería haber dicho esas palabras, sí. Pero se me atragantaron en la garganta… por lo que él tenía que afrontar, porque tal vez él no volviera a buscarme a pesar de su promesa, porque por debajo de todo eso él era un inmortal y yo envejecería y moriría. Tal vez él estuviera siendo sincero ahora, tal vez la noche anterior había sido tan inquietante para él como para mí, pero no quería convertirme en un problema. No quería ser otro peso sobre esos hombros.
Así que no dije nada mientras el carruaje se alejaba. Y no miré atrás cuando cruzamos las puertas de la mansión y entramos en el bosque.
Apenas lo hicimos, me llegó a la nariz el olor de la magia y me sentí arrastrada hacia un sueño profundo. Estaba furiosa cuando me desperté. Me preguntaba por qué había sido necesario ese hechizo, pero el aire estaba lleno del ruido poderoso de los cascos contra los adoquines de la calle. Me froté los ojos, miré por la ventana y vi un sendero que ascendía por una ladera flanqueado de plantas y flores. Nunca había estado allí.
Traté de captar todos los detalles que pudiera mientras el carruaje se detenía frente a un castillo de mármol blanco y techos de color esmeralda…, casi tan grande como la mansión de Tamlin.
Las caras de los sirvientes que se acercaron me eran desconocidas, y mantuve una expresión impávida mientras tomaba la mano del lacayo y salía del carruaje.
Humano. Él era totalmente humano, con esas orejas redondas, esa cara enrojecida, esa ropa.
Los otros sirvientes también eran humanos, todos inquietos, para nada parecidos a la completa tranquilidad con la que se movían los altos fae. Criaturas sin gracia, no terminadas, criaturas terrenales de sangre.
Los sirvientes me miraban pero no se acercaban…, incluso se alejaban. ¿Tan fabuloso era mi aspecto? Me erguí frente al despliegue de movimiento y colores que salía por la puerta principal.
Reconocí a mis hermanas antes de que ellas me vieran. Vinieron hacia mí arreglándose los suntuosos vestidos, las cejas levantadas con sorpresa frente a ese carruaje dorado.
La sensación de hundimiento que tenía en el pecho empeoró bruscamente. Tamlin había dicho que se estaba ocupando de mi familia, pero eso…
Nesta habló primero. Hizo una reverencia profunda. Elain la imitó después.
—Bienvenida a nuestra casa… —dijo Nesta en un tono un poco inexpresivo, los ojos clavados en el suelo—, lady…
Yo solté una risa aguda.
—Nesta… —dije, y ella se puso rígida. Volví a reírme—. ¿No reconoces a tu propia hermana?
Elain jadeó.
—¿Feyre? —Dio un paso hacia mí, pero se detuvo—. Entonces, ¿qué ha pasado con la tía Ripleigh? ¿Está…? ¿Murió?
Esa era la historia, recordé: que yo había ido a cuidar a una tía rica, perdida hacía ya mucho tiempo. Asentí. Nesta examinó mi ropa y el carruaje; las perlas que le adornaban el pelo castaño dorado brillaron a la luz del sol.
—Te dejó su fortuna —dijo después con simpleza. No era una pregunta.
—¡Deberías habernos avisado, Feyre! —dijo Elain, que seguía con la boca abierta —. Ah, qué horrible… Estuviste sola allí cuando murió, pobre… Papá se va a sentir muy mal cuando sepa que no pudo ir al funeral y presentarle sus respetos.
Cosas tan… tan simples: parientes que se mueren, fortunas que se heredan y mostrar respeto. Y sin embargo… se alejó de mí un peso que yo ni siquiera sabía que sentía. Esas eran las únicas cosas que les preocupaban.
—¿Por qué estás tan callada? —dijo Nesta. Seguía manteniendo la distancia.
Había olvidado la inteligencia de sus ojos, su frialdad. Mi hermana mayor estaba hecha de otro material, algo más duro y más fuerte que huesos y sangre. Era tan diferente como yo de los humanos que la rodeaban.
—Me… me alegro de ver cómo han mejorado las cosas por aquí —me las arreglé para decir—. ¿Qué pasó? —El conductor, que llevaba un hechizo para parecer humano, sin ninguna máscara a la vista, empezó a bajar las maletas y a entregárselas al lacayo. No me había dado cuenta de que Tamlin había ordenado también hacer mi equipaje.
Elain sonrió de oreja a oreja.
—¿No recibiste nuestras cartas? —No recordaba, o tal vez ni siquiera sabía que, de todos modos, yo no hubiera sido capaz de leerlas. Cuando negué con la cabeza, se quejó de la inutilidad del correo, y después dijo—: ¡Ah, no lo vas a creer! Casi una semana después de que te fueras a cuidar a la tía Ripleigh, llegó un desconocido y le pidió a papá que tomara parte en un negocio que estaba llevando a cabo… Papá dudó porque la oferta era demasiado buena, pero el desconocido insistió tanto que papá aceptó. Y el hombre le dio un baúl de oro ¡solamente por aceptar! En un mes el hombre había duplicado la inversión, y desde ese momento el dinero entró a raudales. ¿Y sabes qué? ¡Encontraron los barcos que se habían hundido en Bharat! ¡Enteros, con todas las ganancias de papá!
Tamlin… Tamlin había hecho todo eso por ellos. Traté de no pensar en el creciente vacío que sentía en el pecho.
—Pareces tan sorprendida como nosotras, Feyre —dijo Elain, y me dio el brazo —. Ven, pasa. ¡Vamos a mostrarte la casa! No tenemos una habitación decorada para ti porque pensábamos que ibas a estar con la pobre tía Ripleigh unos meses más, pero tenemos tantos dormitorios que, si quisieras, podrías dormir en uno diferente cada noche…
Observé a Nesta por encima del hombro; mi hermana me vigilaba con una mirada carente de expresión. Así que no se había casado con Tomas Mandray, después de todo.
—Papá se va a desmayar cuando te vea —parloteó Elain, dándome palmaditas en la mano mientras me escoltaba hacia la puerta principal—. ¡O quizá dé un baile en tu honor!
Nesta nos siguió. Una presencia callada, al acecho. No quería saber lo que estaba pensando mi hermana. No estaba segura de si sentirme furiosa o aliviada frente al hecho de que se las hubieran arreglado tan bien sin mí… Me preguntaba si Nesta no sentiría lo mismo.
Los cascos de los caballos sonaron sobre los adoquines y el carruaje empezó a bajar por el sendero de entrada, alejándose de mí, de vuelta hacia mi verdadero hogar, de vuelta hacia Tamlin. Tuve que hacer un enorme esfuerzo para no correr tras él.
Tamlin me había dicho que me amaba y yo había comprobado la verdad de esa declaración cuando hicimos el amor; y después él me había enviado lejos para ponerme a salvo, me había liberado del tratado. Porque la tormenta que estaba a punto de desatarse sobre Prythian, fuera lo que fuese, sería tan brutal que ni siquiera un alto lord podría hacerle frente.
Tenía que quedarme: lo más inteligente era quedarme donde estaba. Pero no conseguía dominar la sensación de que, a pesar de las órdenes de Tamlin, había cometido un error muy muy grande al aceptar irme, y esa sensación era como una sombra cada vez más oscura dentro de mí. «Quédate con el alto lord», había dicho el suriel. Su único consejo.
Tenía que quedarme: lo más inteligente era quedarme donde estaba. Pero no conseguía dominar la sensación de que, a pesar de las órdenes de Tamlin, había cometido un error muy muy grande al aceptar irme, y esa sensación era como una sombra cada vez más oscura dentro de mí. «Quédate con el alto lord», había dicho el suriel. Su único consejo.
Borré la idea de mi mente cuando vi a mi padre llorar y propuso dar un baile en mi honor. Y aunque yo sabía que la promesa que le había hecho a mi madre estaba cumplida, aunque sabía que ya estaba libre de esa promesa y que mi familia siempre estaría bien cuidada…, la sombra creciente, cada vez más larga, era un peso sobre mi corazón.
Este libro es de la autora Sarah J. Maas.
He adquirido esta obra y me he tomado la libertad de compartirla en mi sitio web para mis suscriptores. Si deseas apoyar a la autora y obtener tu propio ejemplar, puedes hacerlo a través del siguiente enlace:
