
Una corte de Rosas y Espinas
Una corte de rosas y espinas I
«El amor puede ser la más peligrosa de las maldiciones.»
Capítulo XIX
Una corte de Rosas y Espinas
Una corte de rosas y espinas I
Capítulo XIX…
Al día siguiente, llegaron mis pinturas y suministros desde el lugar donde los hubieran encontrado los sirvientes o quienquiera que hubiera sido, pero antes de llevarme a verlos, Tamlin me guio pasillo por pasillo hasta que llegamos a un ala de la mansión en la que yo no había estado nunca, ni siquiera en mis exploraciones nocturnas.
Yo sabía adónde íbamos sin que él tuviera que decirlo. Los suelos de mármol brillaban tanto que no había duda de que los habían limpiado hacía poco, y la brisa con perfume a rosas flotaba a través de las ventanas abiertas. Todo eso…, todo, lo había hecho por mí. Como si a mí me hubieran molestado algunas telas de araña o algo de polvo.
Cuando Tamlin se detuvo frente a un par de puertas de madera, la leve sonrisa que me dirigió fue suficiente para hacerme tartamudear:
—¿Por qué hacer algo… algo así de bueno para mí? —La sonrisa se desvaneció.
—Hace mucho tiempo que no hay nadie aquí que aprecie estas cosas. A mí me gusta la idea de que se usen de nuevo. —En especial cuando había tanta sangre y tanta muerte en las otras parte de su vida.
Abrió las puertas de la galería y me quedé absolutamente sin aliento.
Los suelos de madera clara brillaban bajo la luz limpia, resplandeciente, que entraba sin impedimento por las ventanas. La habitación estaba vacía excepto por algunas sillas y bancos para ver…, para ver el… Casi no percibí el momento en que entré en la larga galería, una mano apoyada en el cuello, los ojos fijos en las pinturas.
Tantas, tan diferentes, y sin embargo dispuestas para que fluyeran de modo uniforme. Tantas vistas y retazos y ángulos del mundo. Pinturas pastorales, retratos, naturalezas muertas…; cada una de ellas una historia y una experiencia; cada una, una voz que gritaba o susurraba o cantaba sobre lo que había sentido en ese momento, frente a esa sensación en particular; cada una, un grito que se arrojaba al vacío del tiempo para decir que ellos habían estado ahí, que habían existido. Algunos de esos cuadros los habían pintado ojos como los míos, artistas que veían en colores y formas que yo comprendía. Algunos mostraban colores que no había considerado nunca; esos tenían una mirada hacia el mundo que me decía que los habían pintado otro par de ojos. Una puerta hacia la mente de una criatura tan diferente y, sin embargo…, yo miraba el trabajo y lo comprendía y lo sentía, y ese trabajo me parecía importante.
—No sabía… —dijo Tamlin a mí espalda—… que los humanos fueran capaces de… —Dejó de hablar cuando me di la vuelta. La mano que había estado en el cuello ahora reposaba en el pecho, donde el corazón me latía con una especie de alegría, de pena y de humildad rugientes, increíbles. Sí, una gran humildad frente a ese arte tan magnífico.
Él estaba de pie junto a las puertas, la cabeza inclinada de esa forma en que lo hacen los animales, las palabras todavía perdidas en la lengua. Me sequé las lágrimas de las mejillas.
—Es… —Perfecto, maravilloso. Más allá de mis sueños más salvajes, nada de eso lo describía. Mantuve la mano sobre el corazón—. Gracias —dije. Era lo único que se me ocurría para mostrarle lo que significaban esas pinturas para mí, lo que significaba para mí que me hubiera dejado entrar en esa habitación.
—Ven todas las veces que quieras.
Yo le sonreí, incapaz de contener el calor que fluía en mi corazón. La sonrisa que él me devolvió fue tibia, aunque brillante; después me dejó para que yo recorriera la galería tranquila, a solas.
Me quedé horas, me quedé hasta que me emborraché con ese arte, hasta que me sentí mareada de hambre y me alejé a buscar comida.
Después del almuerzo Alis me llevó a una habitación vacía en el primer piso donde había una mesa llena de telas de varios tamaños, pinceles cuyos mangos de madera brillaban bajo la luz clara, perfecta, y pinturas…; tantas, tantas pinturas, muchas más que los cuatro colores básicos que había esperado, que volví a quedarme otra vez sin aire.
Cuando Alis se fue, la habitación permaneció en silencio, esperándome, y fue solamente mía…
Entonces empecé a pintar. Pasaron semanas, los días se fundieron unos en otros. Pinté y pinté, y la mayor parte de lo que hacía era feo, inútil.
Nunca dejé que nadie lo viera a pesar de lo mucho que insistió y de lo mucho que se burló Lucien de mi ropa manchada de pintura; nunca sentí que mi trabajo fuera parecido a las imágenes que me quemaban la mente. En muchas ocasiones pintaba desde el amanecer hasta la puesta de sol, a veces en esa habitación, a veces en el jardín. De cuando en cuando me tomaba un descanso para explorar las tierras de Primavera con Tamlin como guía, y volvía con ideas nuevas que me hacían saltar de la cama a la mañana siguiente y ponerme a dibujar bosquejos o anotar escenas y colores para reflejar lo que había visto.
Pero había días en los que Tamlin tenía que ir a enfrentarse a la última amenaza en sus fronteras, y ni siquiera la pintura podía distraerme hasta que él volvía, cubierto de la sangre de otros, a veces en su forma de bestia, a veces como alto lord. Nunca me dio detalles y yo jamás me atreví a preguntarle; me bastaba con que hubiera vuelto sano y salvo.
Alrededor de la mansión no había señales de criaturas como los naga o el bogge, pero me mantuve lejos de los bosques del oeste, aunque los pinté en muchas ocasiones de memoria. Y aunque mis sueños siguieron invadidos por las muertes que había visto, las muertes que yo había causado y esa horrible mujer pálida que me convertía en pedazos de carne mientras en alguna parte vigilaba una sombra que nunca conseguí ver, poco a poco dejé de tener miedo. «Quédate con el alto lord. Vas a estar a salvo». Y eso fue lo que hice.
La Corte Primavera era una tierra de colinas ondulantes y de bosques cargados de vida y de lagos claros, sin fondo. La magia no se limitaba a reinar en ciertas hondonadas y lugares especiales…, la magia crecía ahí. Por más que yo tratara de pintar eso, nunca conseguiría plasmar la sensación. Así que a veces me atrevía a pintar al alto lord que cabalgaba a mi lado cuando paseábamos por sus tierras en días de tranquilidad, el alto lord, con quien me gustaba mucho charlar o pasar horas cómodamente en silencio.
Era probable que fuera el arrullo de la magia que me nublaba los pensamientos: no volví a pensar en mi familia hasta que una mañana pasé el borde externo del muro, buscando un nuevo lugar para pintar. Una brisa del sur me alborotó el cabello…, fresca y limpia. En ese momento estaba llegando la primavera al mundo mortal.
Mi familia, hipnotizada, cuidada, segura, seguía sin saber realmente dónde estaba yo. El mundo mortal había seguido adelante sin mí como si yo nunca hubiera existido. Un susurro de una vida miserable, ya pasada, una vida olvidada por todos los que yo había conocido o me habían importado.
Ese día no pinté y no fui a cabalgar con Tamlin. En lugar de eso, me senté frente a una tela en blanco, sin ningún color en la mente.
En casa no me recordaba nadie…, yo estaba poco menos que muerta para ellos. Y Tamlin había permitido que los olvidase a ellos. Tal vez las pinturas habían sido una distracción, una forma de hacer que dejara de quejarme, que dejara de ser una molestia, que dejara de pedirle que me permitiera ver a mi familia. O tal vez eran una distracción para que no pensara en lo que fuese que estuviera pasando con la plaga y Prythian. Como me había ordenado el suriel, yo había dejado de preguntar…, una humana inútil, estúpida, obediente.
Me costó un esfuerzo notable compartir la cena. Tamlin y Lucien se dieron cuenta de mi humor y mantuvieron una conversación entre ellos. Eso no mejoró mucho mi rabia creciente, y cuando terminé de comer lo que quería, me alejé a grandes zancadas hacia el jardín iluminado por la luna y me perdí en los laberintos de setos recortados y parterres llenos de flores.
No me importaba adónde iba. Después de un rato me detuve en la rosaleda. La luz de la luna manchaba los pétalos rojos de un color púrpura profundo y lanzaba un brillo plateado sobre los pimpollos blancos.
—Mi padre hizo plantar este jardín para mi madre —dijo Tamlin a mi espalda. Yo no me molesté en mirarlo. Me hundí las uñas en las palmas cuando él se detuvo a mi lado—. Fue un regalo de apareamiento.
Fijé la mirada en las flores, pero no veía nada. Seguramente, las que había pintado en la mesa de casa estaban cayéndose a pedazos o se habían borrado del todo. Suponía que Nesta habría raspado la madera para sacarlas.
Me dolían las uñas clavadas en la palma. Ya fuera porque Tamlin los hubiera hipnotizado, ya fuera porque los alimentara, yo estaba… borrada de esas vidas. Olvidada. Eso había sido obra suya. Y yo había permitido que lo hiciera. Me había ofrecido pinturas y el espacio y el tiempo necesarios para practicar ese arte; me había mostrado lagunas de luz de estrellas; me había salvado la vida como una especie de caballero salvaje salido de una leyenda, y yo me había tragado todo eso como si fuera vino de inmortales. Yo no era mejor que esos hijos de los benditos con toda su fe.
Su máscara era de color bronce en la oscuridad y las esmeraldas le brillaban sobre las mejillas.
—Pareces… disgustada.
Me alejé con grandes pasos hacia el primer rosal y arranqué una flor; las espinas me desgarraron los dedos. Ignoré el dolor, la tibieza de la sangre que se deslizó hacia abajo. Nunca hubiera podido pintarla con exactitud…, nunca como esos artistas de los cuadros de la galería. Nunca podría pintar el pequeño jardín de Elain fuera de la choza como lo recordaba, porque yo lo recordaba, aunque mi familia ya no me recordase a mí.
No me riñó por arrancar una de las rosas de sus padres, tan ausentes como los míos, que con toda probabilidad se habían amado el uno al otro y lo habían amado a él más de lo que los míos se preocuparon nunca por mí. Una familia que se habría ofrecido a ir en su lugar si alguien hubiese acudido para llevárselo.
Los dedos me dolían, me ardían, pero seguí sosteniendo la rosa mientras decía:
—No sé por qué me siento tan terriblemente avergonzada de mí misma por dejarlos. ¿Por qué me parece tan egoísta y terrible pintar como pinto? No debería sentirme así, ¿no es cierto? Lo sé, pero no puedo evitarlo. —La rosa me colgaba de los dedos, desmayada—. En todos esos años, lo que llegué a hacer por ellos… Y sin embargo no trataron de impedir que vos me arrebatarais de su lado… —Ahí estaba, el dolor gigantesco que, si lo pensaba un rato, me partía en dos—. No sé por qué esperaba que lo hicieran…, por qué creí que la ilusión del puca era real aquella noche. No sé por qué todavía me molesta pensar en eso. O por qué me sigue importando. —Él se quedó en silencio tanto rato que agregué—: Comparada con vos, con vuestras fronteras y vuestra magia debilitadas, supongo que esta lástima que tengo de mí misma parece absurda.
—Si te apena —dijo él, y sus palabras me acariciaron los huesos—, entonces no creo que sea absurdo.
—¿Por qué? —Una pregunta directa. Solté la rosa entre los arbustos.
Él me tomó las manos. Los dedos cubiertos de callos, fuertes, robustos, me parecieron suaves cuando se llevó la mano que sangraba a la boca y me besó la palma. Como si eso fuera respuesta suficiente.
Sus labios eran suaves contra mi piel; el aliento, tibio; las rodillas se me aflojaron cuando él levantó mi otra mano, se la llevó a la boca y la besó también. La besó con cuidado…, de una forma que hizo que me saltara el corazón en el centro del cuerpo, entre las piernas.
Cuando él retrocedió, mi sangre le brillaba en la boca. Miré mis manos, que él seguía sosteniendo entre las suyas: las heridas habían desaparecido. Le miré la cara de nuevo, la máscara de bronce, el color dorado de la piel, el rojo de los labios cubiertos de sangre mientras él murmuraba:
—Nunca, nunca te sientas mal por hacer lo que te da alegría. —Se acercó un paso, soltó una de mis manos y me colocó la rosa que yo había cortado detrás de la oreja. No supe nunca cómo había llegado esa rosa a sus manos o cuándo habían desaparecido las espinas.
No pude evitar insistir:
—¿Por qué…, por qué todo esto?
Él se acercó todavía más, tan cerca que tuve que inclinar la cabeza hacia atrás para verlo.
—Porque me fascina tu alegría humana…, la forma en que experimentas las cosas en el tiempo que tienes de vida, con tanta profundidad, con tanta intensidad, y todo de una vez; eso es… fascinante. Me atrae aunque sé que no debería, aunque trato de no sentirme así.
Porque yo era humana y envejecería y… No me permití ir por ese camino. Él se acercó más. Lentamente, como si me estuviera dando tiempo para retroceder y alejarme, me rozó la mejilla con los labios. Un gesto suave y tibio, de una dulzura que me rompió el corazón. No fue mucho más que una caricia, y después se incorporó. No me había movido desde el momento en que su boca me tocó la piel.
—Un día… un día va a haber respuestas para todo —dijo, y me soltó la mano y se alejó—. Pero no hasta que sea el momento correcto. Hasta que sea seguro. —En la oscuridad, bastó con el tono para que yo supiera que sus ojos temblaban de amargura.
Entonces respiré hondo: no me había dado cuenta de que hacía un rato que no respiraba.
Hasta que él estuvo lejos no me di cuenta de lo mucho que deseaba su calor, su cercanía.
Una mortificación permanente con respecto a lo que había admitido, lo que había… cambiado entre nosotros hizo que saliera huyendo de la mansión después del desayuno, corriendo hacia el santuario de los bosques a tomar algo de aire fresco y a estudiar la luz y los colores. Me llevé mi arco y mis flechas y el cuchillo enjoyado de caza que me había dado Lucien. Mejor estar armada que dejarme atrapar sin nada entre las manos.
Me arrastré en medio de los árboles y los arbustos durante no más de una hora antes de sentir una presencia detrás de mí…, algo que se me acercaba cada vez más y hacía que los animales corrieran a refugiarse a mi alrededor. Sonreí, y veinte minutos más tarde me acomodé entre dos ramas en un olmo antiguo y esperé.
Crujieron los arbustos…, nada más que una brisa que pasaba, pero sabía qué sucedería, conocía las señales.
El ruido de algo que se tensa y un rugido de furia hicieron eco en los campos, y los pájaros se asustaron.
Cuando bajé del árbol, caminé hasta el pequeño claro, crucé los brazos y levanté la vista hacia el alto lord, que colgaba cabeza abajo de la trampa que había puesto.
Incluso así, cabeza abajo, me sonrió con pereza cuando me acerqué.
—Humana cruel.
—Es lo que consigue uno cuando persigue a alguien.
Él soltó una risita y yo me acerqué lo suficiente como para atreverme a pasar un dedo por el cabello dorado y sedoso que colgaba a la altura de mi cara, a admirar los muchos colores que había en él: los tonos de amarillo, marrón y trigo. El corazón me golpeaba en el pecho y sabía que, seguramente, él lo oía. Pero inclinó la cabeza hacia mí, una invitación silenciosa, yo le pasé los dedos por el pelo, con dulzura, con cuidado.
Ronroneó, y ese sonido me pasó rodando sobre los dedos, los brazos, las piernas y el centro del cuerpo. Me pregunté cómo sentiría ese sonido si él estuviera apretado contra mí, piel contra piel. Retrocedí un paso.
Él se curvó hacia arriba en un movimiento suave, poderoso, y destrozó con una única garra la enredadera que yo había usado como lazo. Respiré hondo para gritar, pero él se dio la vuelta al caer y aterrizó con suavidad sobre los pies. Siempre sería imposible para mí olvidar lo que él era, lo que era capaz de hacer. Dio un paso, acercándose, la sonrisa todavía en la cara.
—¿Te sientes mejor hoy?
Murmuré una respuesta que a nada me comprometía.
—Me alegro —dijo él, ignorando o escondiendo cuánto lo divertía todo eso—. Pero por si acaso, quiero darte esto. —Sacó unos papeles que llevaba bajo la túnica y me los tendió.
Me mordí el costado de la boca mientras miraba los tres pedazos de papel. Era una serie de poemas, sí, poemas de cinco líneas cada uno. Había cinco en total, y empecé a sudar por las palabras que no reconocía. Me llevaría un día entero entender qué significaban esas palabras.
—Antes de que te vayas corriendo o empieces a gritar —dijo, y se dio la vuelta para mirar por encima de mi hombro. Si me hubiera atrevido, me habría recostado contra ese pecho. Su aliento entibiándome el cuello, la oreja.
Se aclaró la garganta y leyó el primer poema:
Una vez hubo una dama muy hermosa,
de fuego aunque un poco distinta,
tenía pocos amigos
pero cómo hacían fila los hombres,
los dioses son testigos,
y ella a todos les daba una negativa.
Subí tanto las cejas que me pareció estar tocando con ellas la línea del nacimiento del cabello, y me di la vuelta parpadeando; el aliento de los dos se mezcló cuando él terminó el poema con una sonrisa.
Sin esperar respuesta, Tamlin cogió los papeles y dio un paso atrás para leer el segundo poema, que no era tan bueno en las rimas como el primero. Para cuando leyó el tercero, a mí me ardía la cara.
Hizo una pausa antes de leer el cuarto, y después me devolvió los papeles.
—Mira las palabras: en el primer poema en la segunda y cuarta líneas —dijo, y señaló los poemas que yo tenía en la mano.
«Distinta». «Fila». Miré el segundo poema. «Masacre». «Flamas».
—Son… —empecé a decir.
—Tu lista de palabras era demasiado interesante para pasarla por alto. Y no eran de mucha utilidad para escribir poemas de amor. —Cuando levanté una ceja en una pregunta sin palabras, dijo—: Antes competíamos para ver quién podía escribir las rimas más verdes y sucias, cuando vivía con los guerreros de mi padre en las fronteras, quiero decir. No me gusta perder, la verdad, así que decidí practicar, ser bueno para estas cosas.
Yo no entendía cómo recordaba él mi larga lista de palabras…, no quería saberlo. Se dio cuenta de que no iba a coger una flecha y dispararle, así que levantó los papeles y leyó el quinto poema, el más sucio y verde de todos.
Cuando terminó, incliné la cabeza hacia atrás y lancé una carcajada, y mi risa
rompió el aire como la luz del sol rompe el hielo congelado desde hace eras.
Yo seguía sonriendo cuando salimos caminando del parque hacia las colinas y volvimos sin prisas hacia la mansión.
—Dijisteis… dijisteis… esa noche en la rosaleda… —Hice un ruido con la boca un momento—. Dijisteis que vuestro padre la hizo plantar para vuestra madre por el apareamiento…, no dijisteis matrimonio.
—Los alto fae en general se casan —respondió él; la piel dorada le brillaba un poco—. Pero si tienen la bendición de los dioses, encuentran a alguien con quien aparearse, un igual, alguien que les corresponde en todos los sentidos. Los altos fae se casan sin ese lazo de apareamiento, pero si uno encuentra su compañero, el lazo es tan profundo que el casamiento es… insignificante en comparación.
No tuve el valor de preguntar si los inmortales habían tenido alguna vez ese tipo de lazo con humanos. En lugar de eso, me las arreglé para preguntar:
—¿Dónde están vuestros padres? ¿Qué les pasó?
A él se le movió un músculo en la mandíbula y lamenté haber hecho la pregunta, lo lamenté por el dolor que le relampagueó en los ojos.
—Mi padre… —Las garras brillaron cerca de la punta de los dedos, pero no las sacó más que eso. Definitivamente la pregunta era un error—. Mi padre era tan malo como el de Lucien. Peor. Mis dos hermanos mayores eran como él. Tenían esclavos…, todos ellos. Y mis hermanos… Yo era joven cuando se forjó el tratado, pero recuerdo que mis hermanos… —Dejó morir la voz—. Aquello me dejó marcado…, lo suficiente…, y por eso cuando te vi, en tu casa…, no pude…, no quise ser como ellos. No deseaba haceros daño a tu familia ni a ti, y no quería someterte a los deseos de los inmortales.
Esclavos…, había habido esclavos en ese mismo lugar. Yo no quería saberlo quinientos años más tarde; nunca había buscado rastros de ningún esclavo. Pero para la mayor parte del mundo de Primavera, para su mundo, yo seguía siendo casi una propiedad. Y por eso… por eso me había ofrecido la salida, por eso me había ofrecido la libertad de vivir donde yo quisiera en Prythian.
—Gracias —dije. Él se encogió de hombros, como si se esforzara por dejar de lado ese acto amable y el peso de la culpa que seguía siendo una carga para él—. ¿Y vuestra madre?
Tamlin aguantó la respiración durante un instante.
—Mi madre… amaba a mi padre con locura. Demasiado, pero se habían apareado, y… aunque ella se daba cuenta de que él era un tirano, no decía jamás una palabra en su contra. Yo no esperaba, no quería, el título de mi padre. Mis hermanos nunca me habrían dejado vivir hasta la adolescencia si hubieran sospechado lo contrario. Así que apenas tuve edad suficiente, me uní al grupo de guerreros de mi padre y me entrené para servirlo a él o a cualquiera de mis dos hermanos, el que heredara el título. —Flexionó las manos, como si imaginara las garras debajo de la piel—. Desde muy joven me di cuenta de que pelear y matar eran las únicas dos cosas para las que era bueno.
—Eso lo dudo mucho —dije.
Él dejó escapar una sonrisa torcida.
—Ah, por supuesto que puedo tocar el violín más o menos mal, pero los hijos de los altos lores no se convierten en músicos itinerantes. Así que me entrené y peleé por mi padre contra cualquiera que él quisiera, y habría sido feliz si hubiera podido dejar las intrigas y las insidias para mis hermanos. Pero mi poder creció y creció y yo no fui capaz de esconderlo, no entre los nuestros. —Negó con la cabeza—. Por la razón que fuera o porque el Caldero me dio suerte, sobreviví. A mi madre la lloré. A los otros… —Sus hombros se tensaron—. Mis hermanos no habrían tratado de salvarme de un destino como el tuyo.
Levanté la vista hacia él. Un mundo tan brutal, tan duro…, familiares que se asesinaban unos a otros por el poder, por venganza, por desprecio o por afán de control. Tal vez la generosidad de Tamlin, su amabilidad, eran una reacción contra eso…, tal vez él me había visto y descubierto que mirarme era como mirarse a sí mismo en una especie de espejo.
—Lamento lo de vuestra madre —dije, y eso fue lo único que conseguí ofrecerle, lo único que él había podido ofrecerme a mí una vez. Me dedicó una breve sonrisa—. Así que de este modo os convertisteis en alto lord.
—La mayoría de los altos lores se entrenan desde que nacen en modales, leyes y guerras de la corte. Cuando recayó el título sobre mí, se trató de una… una transición muy ruda. Muchos de los cortesanos de mi padre se fueron a otras cortes para no tener que aguantar que les ladrara una bestia de guerra.
Una bestia medio salvaje, me había llamado Nesta una vez. Me costó mucho esfuerzo no cogerle la mano, no acercarme a él y decirle que lo entendía. Solamente dije:
—Entonces son idiotas. Vos habéis mantenido estas tierras protegidas de la plaga, cuando parece que a otros no les ha ido tan bien. Son idiotas —repetí.
Pero la oscuridad relampagueó en los ojos de Tamlin y dio la impresión de que se le encogían los hombros hacia dentro. Antes de que pudiera preguntar, salimos del bosquecillo y nos encontramos frente a un paisaje de colinas y pequeñas elevaciones. A bastante distancia había inmortales enmascarados que trabajaban, preparando lo que parecía una serie de hogueras todavía sin encender.
—¿Qué es eso? —pregunté haciendo un alto.
—Son fogatas, para Calanmai. Faltan dos días.
—¿Y para qué son?
—¿La Noche de los Fuegos?
Yo negué con la cabeza. No entendía.
—Nosotros, en los reinos humanos, no celebramos fiestas. No después de que vosotros os fuerais. En algunos lugares está prohibido. Ni siquiera recordamos los nombres de vuestros dioses. ¿Qué se celebra en Cala…, en la Noche de los Fuegos?
Él se frotó el cuello.
—No es más que una ceremonia de primavera. Encendemos fogatas y la magia que creamos nos ayuda a regenerar la tierra para un nuevo año.
—¿Y cómo se crea la magia?
—Hay un ritual. Pero es… es muy de inmortales. —Apretó la mandíbula y siguió caminando en dirección contraria a los que preparaban los fuegos—. Tal vez veas más inmortales que antes por los alrededores…, inmortales de esta corte y de otros territorios. Ellos también pueden cruzar las fronteras esa noche.
—Pensé que la plaga los habría asustado.
—Sí…, pero van a venir algunos. Lo único que tienes que hacer es mantenerte alejada de ellos. Vas a estar a salvo en la casa, pero si te encuentras con alguno antes de que encendamos los fuegos al atardecer, dentro de dos días, ignóralo.
—¿Y no estoy invitada a vuestra ceremonia?
—No. No. —Cerró las manos y después volvió a estirar los dedos una y otra vez, como si tratara de mantener las garras bajo control.
Aunque traté de disimular, se me contrajo un poco el pecho. Caminamos de vuelta en una especie de silencio tenso que no habíamos tenido durante semanas.
Tamlin se puso rígido apenas entramos en los jardines. No por mí o nuestra conversación incómoda… Había silencio y también esa horrible quietud que en general significaba que andaba cerca uno de los inmortales más desagradables. Mostró los dientes y gruñó en tono bajo.
—Mantente fuera de la vista y, oigas lo que oigas, no salgas. —Después se fue.
Sola, miré a los dos lados del sendero de grava, como una idiota con la boca abierta. Así, al descubierto, si había algo ahí, me atraparía con seguridad. Tal vez era una vergüenza que no fuera a ayudar a Tamlin, pero él era un alto lord. Sería solamente una molestia para él.
Me acababa de esconder detrás de un seto cuando oí a Tamlin y a Lucien que se acercaban. Maldije en voz baja y me quedé inmóvil. Tal vez podría deslizarme a través de los campos hacia el establo. Si algo andaba mal, los establos no solo me ofrecerían refugio, sino también un caballo para salir huyendo. Estaba por ir hacia los pastos más altos, más allá del borde de los jardines, cuando el rugido de Tamlin reverberó en el aire al otro lado del seto.
Me di la vuelta… justo lo suficiente para espiarlos a través de las hojas. «Mantente fuera de la vista», había dicho él. Si me movía ahora, sin duda me descubrirían.
—Ya sé qué día es hoy —dijo Tamlin, pero no a Lucien. Más bien los dos miraban… la nada. Miraban a alguien que no estaba allí. A alguien invisible. Habría pensado que me estaban gastando una broma si no hubiera oído una voz baja, sin cuerpo, que les contestaba.
—Tu comportamiento está despertando mucho interés en la corte —dijo la voz, profunda y sibilante. Temblé a pesar de la tibieza del día—. Ella empieza a preguntarse por qué no te das por vencido. Y por qué murieron cuatro naga no hace mucho.
—Tamlin no es como los otros tontos —ladró Lucien, los hombros echados hacia atrás, desafiante, más parecido a un guerrero de lo que yo lo hubiera visto nunca. Con razón tenía todas esas armas en su habitación—. Si ella esperaba cabezas inclinadas, es más estúpida de lo que creía.
La voz siseó y sentí que se me congelaba la sangre.
—¿Habláis tan mal de ella, que tiene vuestro destino en sus manos? Una palabra y podría destruir estas patéticas tierras. No le gustó nada cuando supo que habíais matado a sus guerreros. —La voz pareció volverse hacia Tamlin—. Pero como no pasó nada más, decidió ignorarlo.
Un gruñido salió de las profundidades de la garganta del alto lord, pero sus palabras eran tranquilas cuando dijo:
—Decidle que me estoy cansando de limpiar la basura que ella arroja dentro de mis fronteras.
La voz soltó una risita. Sonó como arena que cambia de lugar.
—Ella los suelta como regalos… y recordatorios de lo que va a pasar si os atrapa tratando de romper los términos de…
—Tamlin no rompe los términos —siseó Lucien—. Ahora, largo. Ya tenemos bastante con todos vosotros como enjambres de insectos en las fronteras…, no necesitamos que también ensuciéis nuestra casa. Y marchaos ya de la cueva. No es un camino cualquiera, no está hecha para que basuras como vosotros la atraveséis cada vez que os dé la gana.
Tamlin soltó un gruñido. Estaba de acuerdo.
La cosa invisible volvió a reírse, un sonido horrible, feroz.
—Aunque tengáis un corazón de piedra, Tamlin —dijo, y Tamlin se puso rígido —, hay miedo en él. —La voz se convirtió en una especie de canto—. No os preocupéis, alto lord. —Pronunció sarcásticamente el título nobiliario como si fuera un chiste—. Muy pronto todo va a estar tan bien como la lluvia.
—Ojalá ardáis en el infierno —contestó Lucien en lugar de Tamlin, y la cosa volvió a reír; después se oyó un ruido de alas de cuero desplegándose, un viento maloliente me golpeó la cara y todo quedó en silencio.
Un instante más tarde, Tamlin y Lucien respiraron profundamente. Yo cerré los ojos; también necesitaba respirar, respirar para calmarme, pero unas manos enormes me cogieron de los hombros y lancé un grito.
—Ya se ha ido —dijo Tamlin, y me soltó. Tuve que hacer un esfuerzo para no recostarme en el seto.
—¿Qué has oído? —quiso saber Lucien, que se acercaba cruzando los brazos sobre el pecho. Dirigí los ojos hacia Tamlin, pero lo encontré tan blanco de ira, ira contra esa cosa, que tuve que volver a mirar a Lucien.
—Nada…, nada que yo entendiera —respondí, y lo decía en serio. Nada tenía sentido. No conseguía dejar de temblar. Algo en esa voz me había arrancado todo el calor—. ¿Quién… qué era eso?
Tamlin empezó a caminar y las piedrecitas del sendero crujieron bajo sus botas.
—Hay ciertos inmortales que inspiraron las leyendas de las que vosotros, los humanos, tenéis tanto miedo. Algunos, como ese, son mitos encarnados.
Dentro de esa voz susurrante había oído los alaridos de víctimas humanas, la súplica de jóvenes muchachas a las que habían abierto en dos sobre altares de sacrificio. Y había oído menciones de cortes que aparentemente eran muy distintas de la de Tamlin… ¿Era esa la «ella» que había matado a los padres de Tamlin? Una alta lady, tal vez, en lugar de un alto lord. Si se tenía en cuenta la brutalidad de los altos fae con sus propios familiares, seguramente para sus enemigos eran más que pesadillas. Y si iba a haber una guerra entre cortes, y si la plaga ya había debilitado tanto a Tamlin…
—Si el attor la ha visto… —dijo Lucien, y miró a su alrededor.
—No la ha visto —afirmó Tamlin.
—¿Estás seguro de que…?
—No la ha visto —gruñó por encima del hombro. Después me miró, la cara todavía pálida de furia, los labios tensos—. Nos veremos en la cena.
Entendí su reacción como una señal para que me retirara. Deseaba estar detrás de la puerta de mi dormitorio, cerrada con llave, así que volví a la casa, preguntándome quién sería esa «ella» para poner tan nerviosos a Lucien y a Tamlin y tener a esa cosa como mensajero.
La brisa de la primavera me susurró que no me convenía saberlo.
Este libro es de la autora Sarah J. Maas.
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