
Una corte de Rosas y Espinas
Una corte de rosas y espinas I
«El amor puede ser la más peligrosa de las maldiciones.»
Capítulo XVII
Una corte de Rosas y Espinas
Una corte de rosas y espinas I
Capítulo XVII…
Me desperté bruscamente en medio de la noche. Jadeaba. Mis sueños habían estado llenos del ruido que hacían los dedos huesudos del suriel, llenos de naga sonrientes y con una mujer pálida, sin cara, que me pasaba las uñas rojas de sangre a través de la garganta y me la abría poco a poco. Me preguntaba mi nombre, pero cada vez que yo intentaba hablar, la sangre salía por las heridas superficiales del cuello y me ahogaba.
Me pasé las manos por el cabello húmedo de sudor. Cuando se me calmó la respiración, un nuevo sonido llenó el aire, un sonido que procedía del vestíbulo y penetraba en mi habitación por la rendija de debajo de la puerta. Eran gritos, y también los alaridos de alguien.
Salté fuera de la cama en menos de un instante. Los gritos no eran agresivos, sino más bien severos, órdenes…, organización. Pero los alaridos…
Tenía el pelo totalmente erizado cuando abrí la puerta con un gesto rápido. Tal vez hubiera debido quedarme quieta en la habitación, a salvo, pero había oído alaridos como esos antes, en los bosques, cerca de casa, cuando no conseguía matar a un animal con un disparo limpio y llegaba el sufrimiento. Para mí era intolerable. Tenía que saber.
Llegué a la parte superior de la gran escalera a tiempo para ver cómo se abrían las puertas de la mansión y entraba Tamlin. Llegaba a la carrera con un inmortal herido que aullaba sobre su hombro.
Era casi tan grande como Tamlin, y sin embargo el alto lord cargaba con él como si no fuera más que una bolsa pequeña de grano. Era otra especie de inmortal, de los menos poderosos, con la piel azul, los miembros desgarbados, las orejas puntiagudas y el pelo largo de color ónice. Pero incluso desde arriba se veía la sangre que corría por la espalda del inmortal…, la sangre que corría desde los muñones negros que le salían por encima de los omóplatos. La sangre empapaba la túnica verde de Tamlin en manchas profundas, brillantes. En la banda de cuero faltaba uno de los cuchillos.
Lucien entró corriendo en el vestíbulo mientras Tamlin gritaba:
—¡Despéjame la mesa!
Lucien tiró al suelo el florero para dejar libre la mesa que ocupaba el centro del vestíbulo. O Tamlin no estaba pensando con claridad o tenía miedo de perder los minutos extra que implicaban llevar al inmortal a la enfermería. El ruido del vidrio al quebrarse hizo que mis pies se movieran por fin, y ya estaba a mitad de camino de la escalera antes de que Tamlin dejara a la criatura que gritaba boca abajo sobre la mesa. El inmortal no llevaba máscara; no había nada que ocultara la agonía que le contorsionaba los rasgos largos, tan sobrenaturales.
—Lo han encontrado los exploradores. Alguien lo había tirado por encima de la frontera —le explicó Tamlin a Lucien, pero movió los ojos con rapidez para mirarme. Abrió mucho los ojos como advertencia, sin embargo yo di otro paso hacia abajo. Se dirigió entonces a Lucien—: Es de la Corte Verano.
—¡Por el Caldero! —exclamó Lucien mirando las heridas.
—Mis alas —consiguió decir el inmortal, pero se ahogaba; tenía los ojos brillantes, negros, muy abiertos, sin mirar a nada—. Ella se llevó mis alas.
Otra vez esa «ella» innominada que los perseguía. Si no era la que regía en la Corte Primavera, entonces tal vez fuera la reina en otra corte. Tamlin movió la mano, y sobre la mesa aparecieron de la nada vendas y agua caliente. Se me secó la boca, aunque llegué al pie de la escalera y seguí avanzando hacia la mesa y la muerte que sin duda flotaba sobre nosotros en el vestíbulo.
—Se llevó mis alas —dijo el inmortal—. Ella se llevó mis alas —repitió, aferrándose al borde de la mesa con sus largos dedos azules.
Tamlin pronunció un sonido suave, sin palabras, amable, de una forma que yo no había oído antes, y cogió una venda para hundirla en el agua. Elegí un lugar frente a Tamlin en la mesa y exhalé profundamente mientras miraba las heridas.
Fuera quien fuese ella, no era solo que lo hubiera dejado sin alas: se las había arrancado.
La sangre manaba de los muñones negros, aterciopelados, sobre la espalda del inmortal. Las heridas tenían una forma aserrada, cartílago y tejido muscular cortado a golpes que parecían irregulares. Como si ella le hubiera serrado las alas poco a poco.
—Se llevó mis alas —dijo el inmortal de nuevo con voz quebrada. Y tembló cuando su mente empezó a derrumbarse al recordar lo que le había pasado; la piel le brilló en venas de oro puro…, iridiscentes, como una mariposa azul.
—Quedaos quieto —le ordenó Tamlin mientras retorcía la tela que tenía entre las manos—. Vais a sangrar con mayor abundancia si os movéis.
—Nnnnno, nnno —empezó a decir el inmortal, y se retorció sobre la espalda, alejándose de Tamlin, alejándose del dolor que sin duda lo recorría cuando la tela le tocaba la carne viva de los muñones.
Tal vez fue instinto, tal vez piedad, tal vez desesperación, pero tomé los brazos del inmortal y lo empujé otra vez contra la mesa, con tanta dulzura como pude. Él se defendió, con tanta fuerza que tuve que concentrarme mucho para sostenerlo. Tenía la piel suave como el terciopelo y resbaladiza, una textura que no habría podido pintar ni en una eternidad de tiempo. Pero volví a empujar, apreté los dientes y deseé que él dejara de moverse. Miré a Lucien, pero el color se le había borrado de la cara, dejando un blanco verdoso, enfermizo, sobre las mejillas.
—Lucien —dijo Tamlin con voz tranquila. Pero Lucien seguía mirando con los ojos muy abiertos la espalda lastimada del inmortal, los muñones; los miraba y cerraba y abría el ojo de metal. Después retrocedió un paso. Y otro. Y un instante más tarde vomitó en una planta que crecía en una maceta y salió huyendo de la habitación.
El inmortal volvió a retorcerse y lo retuve con fuerza; me temblaban los brazos. Seguramente las heridas lo habían debilitado mucho, de otra manera no habría podido mantenerlo tumbado.
—Por favor —jadeé—. Por favor, quedaos quieto.
—Ella se llevó mis alas —dijo el inmortal sollozando—. Se las llevó.
—Sí —murmuré. Me dolían los dedos—. Ya lo veo.
Tamlin apoyó la tela en uno de los muñones y el inmortal aulló con tanta fuerza que se me revolvieron los sentidos y retrocedí. Él trató de levantarse, pero se le aflojaron los brazos y volvió a caer boca abajo sobre la mesa.
La sangre saltó con tanta rapidez y tanta fuerza que me llevó un instante darme cuenta de que una herida así necesitaba un torniquete y que el inmortal ya había perdido demasiada sangre para que un torniquete pudiera salvarlo. La sangre le corrió por la espalda y llegó al borde de la mesa, desde donde goteó despacio hasta el suelo, cerca de mis pies.
Descubrí que Tamlin me miraba fijamente.
—Las heridas no se cierran —dijo en voz muy baja mientras el inmortal jadeaba.
—¿No podéis usar la magia? —pregunté deseando arrancarle la máscara de la cara y ver la expresión que había debajo, fuera cual fuese.
Tamlin tragó saliva.
—No. No para heridas tan grandes. Antes sí, pero ya no.
El inmortal gemía sobre la mesa, su respiración era cada vez más lenta.
—Se llevó mis alas —susurró. Los ojos verdes de Tamlin parpadearon una vez, y en ese momento exacto supe que el inmortal iba a morir. La muerte no se limitaba a flotar en el vestíbulo; estaba contando los latidos de corazón que le quedaban al herido.
Tomé una de las manos del inmortal entre las mías. La piel era casi de cuero, y tal vez más por reflejo que por ninguna otra cosa, los dedos largos del moribundo se cerraron alrededor de los míos y los cubrieron por completo.
—Se llevó mis alas —volvió a decir y el temblor disminuyó un poco. Yo le aparté el pelo largo, húmedo, de la cara ladeada del inmortal y dejé al descubierto una nariz puntiaguda y una boca llena de dientes afilados. Sus ojos oscuros se movieron hacia los míos, rogándome, suplicándome.
—Todo va a ir bien —le dije, y deseé que no pudiera oler mentiras como hacía el suriel. Le acaricié el cabello suave, de una textura como de noche líquida…, otra textura que nunca conseguiría pintar, aunque lo seguiría intentando, tal vez para siempre—. Todo va a ir bien —repetí. El inmortal cerró los ojos y le apreté la mano.
Algo húmedo me tocó los pies y no tuve que mirar hacia abajo para saber que había un charco de sangre inmortal alrededor de ellos.
—Mis alas —susurró el inmortal.
—Vamos a devolvéroslas.
El inmortal hizo un esfuerzo por abrir los ojos.
—¿Lo juráis?
—Sí —susurré. El inmortal hizo un esfuerzo para mostrarme una sonrisa leve y cerró los ojos de nuevo. A mí me temblaba la boca. Deseé tener algo más que decir, algo más que mis promesas vacías para ofrecerle. El primer juramento falso que había pronunciado en mi vida. Pero Tamlin empezó a hablar, y levanté la vista y lo vi coger la otra mano del inmortal.
—Que el Caldero os salve —dijo, y recitó una plegaria que probablemente era más antigua que el reino de los mortales—. Que la Madre os sostenga. Que paséis a través de los portales y oláis pronto esa tierra inmortal de leche y miel. No tengáis miedo a ningún mal. No tengáis miedo a ningún dolor. —Su voz tembló, pero él terminó la plegaria—: Entrad en la eternidad.
El inmortal dejó escapar un último suspiro y la mano que yo tenía entre las mías se aflojó por completo. No la solté, seguí acariciándole el pelo, incluso cuando Tamlin dio unos pasos para alejarse de la mesa.
Sentía sus ojos sobre mí, pero no quería soltar esa mano. No sabía cuánto tiempo hacía falta para que un alma abandonara el cuerpo. Me quedé de pie en el charco de sangre hasta que el líquido se enfrió, sosteniendo la mano huesuda del inmortal y acariciándole el pelo, preguntándome si él sabía que yo le había mentido cuando le juré que volvería a tener las alas que había perdido, preguntándome si las habría recibido de nuevo en el lugar en el que estaba ahora, fuera donde fuese.
En algún lugar de la casa sonaron las campanadas de un reloj y Tamlin me puso una mano sobre el hombro. No me había dado cuenta del frío que tenía hasta que el calor de esa mano me entibió la carne a través del camisón.
—Ya se ha ido. Tienes que dejarlo marchar.
Estudié la cara del inmortal…, tan sobrenatural, tan inhumana. ¿Quién era tan cruel como para haberle hecho tanto daño?
—Feyre —insistió Tamlin, y me apretó el hombro. Le acomodé el cabello al inmortal detrás de la oreja acabada en punta, larga, y deseé saber su nombre. Después lo solté.
Tamlin me llevó por la escalera, y ninguno de los dos se preocupó por las huellas de sangre que dejábamos ni por la que había empapado la parte delantera de mi camisón. Me detuve en lo alto de la escalera, me aparté un poco para que él me soltase, y miré la mesa abajo, en el vestíbulo.
—No podemos dejarlo ahí —dije, e hice un movimiento como para bajar de nuevo. Tamlin me cogió del codo.
—Lo sé —asintió con voz seca y agotada—. Iba a llevarte arriba solamente. Antes de enterrarlo.
—Quiero ir.
—Es demasiado peligroso de noche para que…
—Yo soy muy capaz…
—No —replicó. Sus ojos verdes relampaguearon. Me enderecé, pero él suspiró, los hombros inclinados hacia delante—. Tengo que hacer esto solo.
Lo miré. La cabeza baja. Nada de garras, nada de colmillos…, no había nada que hacer contra ese enemigo, ese destino. Nadie contra quien luchar. Así que asentí con la cabeza, porque a mí también me hubiera gustado hacerlo sola, y me di la vuelta para dirigirme hacia mi dormitorio. Tamlin se quedó ahí, frente a la escalera.
—Feyre —dijo, con tanta suavidad que me volví para mirarlo—. ¿Por qué? — Inclinó la cabeza a un costado—. Antes nuestra especie te disgustaba. Y después de Andras… —Incluso en ese vestíbulo oscuro sus ojos, por lo general brillantes, estaban ensombrecidos—. Dime… ¿por qué?
Di un paso hacia él, los pies cubiertos de sangre se me pegaban a la alfombra. Miré hacia la planta baja, donde seguía viendo la forma tendida del inmortal y los muñones de las alas.
—Porque yo no querría morirme sola —respondí, y me tembló la voz cuando volví a mirar a Tamlin y me obligué a buscar sus ojos con los míos—. Porque me gustaría que alguien me sostuviera la mano hasta el final y un rato más después. Eso es algo que todo el mundo merece, inmortales y humanos. —Tragué saliva. La garganta tan tensa que me dolía—. Lamento lo que le hice a Andras —dije, y mis palabras no fueron más que un murmullo—. Lamento que hubiera… que hubiera tanto odio en mi corazón. Ojalá pudiera… deshacer lo que hice… Lo lamento, lo lamento tanto…
No recordaba la última vez que le había hablado así a alguien, si es que lo había hecho alguna vez. Pero él asintió y se dio la vuelta, y me pregunté si no tendría que decir algo más, si debería inclinarme frente a él y pedirle de rodillas que me perdonase. Si él sentía ese dolor, esa culpa, por un desconocido, entonces Andras… Para cuando abrí la boca, Tamlin ya había bajado la escalera.
No recordaba la última vez que le había hablado así a alguien, si es que lo había hecho alguna vez. Pero él asintió y se dio la vuelta, y me pregunté si no tendría que decir algo más, si debería inclinarme frente a él y pedirle de rodillas que me perdonase. Si él sentía ese dolor, esa culpa, por un desconocido, entonces Andras… Para cuando abrí la boca, Tamlin ya había bajado la escalera.
Lo miré, miré todos los movimientos que hizo, los músculos de su espalda visibles a través de la túnica empapada de sangre, contemplé el peso invisible que le doblegaba los hombros. Él no se dio la vuelta; levantó el cuerpo destrozado y lo llevó hacia las puertas del jardín, más allá de mi línea de visión. Fui hasta la ventana que había al comienzo de la escalera y miré cómo se llevaba al inmortal a través del jardín iluminado por la luna hacia los campos ondeados que quedaban más allá. No volvió la vista atrás en ningún momento.
Este libro es de la autora Sarah J. Maas.
He adquirido esta obra y me he tomado la libertad de compartirla en mi sitio web para mis suscriptores. Si deseas apoyar a la autora y obtener tu propio ejemplar, puedes hacerlo a través del siguiente enlace:
